El vino y la vista

Los ojos son nuestra puerta al mundo. Ellos ven, a través de la membrana y la retina, y la visión es la capacidad de interpretar lo que nos rodea gracias a los rayos de luz que alcanzan a este órgano receptor.

 

Cuando esto sucede, el cerebro alerta al cuerpo sobre lo que va a pasar o lo que está pasando. Así, cuando vemos nuestro platillo favorito o pasamos enfrente de una repostería, llena de suculentos postres, se nos antoja tanto que empezamos a salivar.

 

A través de la vista nos podemos fijar en la edad de un vino: si tiene colores más brillantes será joven, si es de colores mas ocres o ámbar entonces sabremos que el vino es menos joven. También podemos observar qué tan limpio o turbio es el vino, en lo que muchos catadores de vino llaman: las piernas del vino (referente a la densidad de la bebida). Un vino muy denso puede ser producto de su sabor (dulce), porque contiene glicerol (para corregir algún defecto), por el tipo de fermentación o, bien, por la cantidad de alcohol que tiene la bebida.

 

Por estas razones, y muchas otras, le debemos bastante a esos dos elementos redondos que las mujeres maquillan y los hombres halagan, pero que en materia enológica nos permiten saborear los vinos también con la mirada.